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Contigo y sin ti. Conmigo y sin mi.

    Estaba muy, muy, muy enfadado. Mucho. Así fue como lo transmitió. Quería que quedara claro cómo de molesto se encontraba porque necesitaba una respuesta de la misma magnitud a la que poder aferrarse. Repasó detalladamente los hechos remarcando cómo de impotente se había sentido en aquella situación.

    A pesar del enfado, le pidió también que se tomara su tiempo antes de decir nada, que meditara profundamente, que analizara las consecuencias de los actos que le habían llevado a ese estado. Le cargó toda la responsabilidad de su estado de ánimo desde el incidente hasta el momento actual con autoridad con un tono disciplinario de corte casi militar. No le dejó espacio para la discusión, ni para que se justificara, ni para que pudiera poner alguna excusa. Exigió un mínimo de cinco minutos para la reflexión.

    La mujer que tenía frente a él le miró y sonrió. Silencio.

    Puso un temporizador de cinco minutos. Siguió comiendo.

    Cuando el temporizador todavía no había restado ni medio minuto añadió a la carga la mala digestión de aquella comida y manifestó que volvían a empezar los cinco minutos. Reinició el temporizador del móvil y siguió comiendo prácticamente sin masticar y sin dejar de mirar la cuenta atrás.

    00:00. Sonó la alarma. No hubo respuesta. Le pareció bien no tener respuesta a los cinco minutos y un segundo. Había pedido un mínimo de tiempo. Pasó un minuto sin respuesta, aunque a él le pareció medio siglo y empezó a impacientarse. Eso ya era mucho y empezó a pensar que igual le estaba retando.

    La mujer permanecía frente a él masticando con tranquilidad y saboreando la comida. De repente, se fijó en él y percibió su intranquilidad. Dejó los cubiertos, se quitó los auriculares y se los dejó colgando del cuello.

    -“Hola. ¿Te puedo ayudar en algo?” -dijo.

    -“No contesta ¿te lo puedes creer?” -dijo él señalando el móvil.

    Ella se inclinó un poco para ver la pantalla que él apuntaba con el dedo. Comprendió.

    -“Le he dicho que no me contestara antes de cinco minutos, pero ya han pasado más de seis.” -dijo abriendo las manos en señan de incomprensión

    “¿Es tuyo o importado?” -preguntó la mujer.

    -“Sí, sí. Lo he creado yo. Encima. ¿Me estará provocando?” -respondió.

    Levantó los hombros sonriendo porque era obvio que el único que podía tener esa respuesta era él. Él sonrió también y sonrió comprendiendo el mensaje: un chatbot creado y entrenado por uno mismo únicamente lo podía entender uno mismo y el propio chatbot. Se sintió orgulloso de su logro.

    -“¿Qué te ha hecho?” -preguntó ella con curiosidad.

    “No me respondió en un momento en que necesitaba tomar una decisión” -contestó.

    “¿Por qué?”

    “No fue culpa suya porque no había cobertura ni una red. No tenía conexión”

    “¿Y tienes red ahora?” -le preguntó.

    “Sí, sí. Ahora sí”

    -“Lo entiendo. Suerte.” -dijo ella.

    Se volvió a poner los auriculares y siguió comiendo.

    Él le transmitió un nuevo mensaje, esta vez ya, habiendo encontrado cierto sosiego.

    La prisa por obtener respuestas y el manejo del enfado

    En ocasiones volcamos nuestra frustración en el exterior buscando una respuesta que calme nuestra propia inquietud interna. Aprender a sostener la incertidumbre, pausar las exigencias inmediatas y comprender el origen de nuestras emociones es clave para recuperar la tranquilidad.

    Si sientes que el enfado, la impaciencia o la dificultad para tomar decisiones están afectando a tu día a día, te ofrecemos un espacio para trabajar en ello. Infórmate sobre nuestra Terapia Individual o solicita tu cita aquí.