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El olor de las páginas

    Era su última acción y, a la vez, la solución. Era nítida e irrefutable. Tanto, que decidió escribirlo en ese estado de clarividencia, como si se pudiera volatilizar con la más mínima interrupción. Así que fue apresuradamente al escritorio, abrió un cajón y buscó la libreta que dedicaba a anotar cosas diversas: pensamientos, proyectos, pendientes. «La libreta de las cosas importantes»- recordó que la llamaba y se dejó sumergir en un mar de nostalgia. «¿Es una libreta o un bloc? ¿O un cuaderno?»-dudó. «Un bloc»-concluyó. Lo apoyó sobre la palma de la mano y estiró varias veces la goma que mantenía el bloc cerrado. Lo olió esperando encontrar un aroma familiar que ya no tenía. Hacía lustros que no lo usaba, estaba claro. Lo abrió y comenzó a hojearlo con un ánimo que se encontraba a medio camino entre el arrepentimiento por haber dejado de usarlo y la curiosidad por poder realizar una retrospección desde la distancia de los años transcurridos. Cada uno de los apartados estaba separado por un número de páginas proporcional a las posibilidades de crecimiento del mismo puesto que una enumeración de proyectos futuros requería menos espacio que la sección dedicada a hacer las veces de diario, donde cada entrada ocupaba varias páginas. Se sorprendió al ver que muchas de sus ideas para llevar a cabo en un futuro seguían vigentes y algunas otras habían dejado de tener sentido. Eran más bien sueños no realizables, aunque, en el momento de ser catalogados como proyectos, parecían todos ellos factibles. Curioso. Leyó algunos de sus pensamientos, prestando especial atención a la fecha y el lugar anotado en que fueron escritos. Ya no era la misma persona y, sin embargo, se reconocía perfectamente en cada una de las palabras plasmadas en el papel.  

    Se sintió por un momento sin autorización para leer aquellas páginas como si estuviera invadiendo la intimidad del autor. Revolvió otro cajón y sacó unas tijeras con las que cercenó el bloc, cortando todo rastro de pensamiento, reflexión profunda o sufrimiento, respetando con ello la privacidad de quien fue. Hizo añicos las páginas que había cortado y guardó un trocito como símbolo de que algo permanece. Tiró el resto. 

    Revisó la lista de cosas pendientes que le ayudó a volver al presente. Ahora la lista, si la trasladara a ese bloc, sería mucho más larga, de crecimiento inexorable. Tal vez por eso había dejado de usar aquellas páginas, se dijo buscando en el autoengaño el alivio.  Más obligaciones, más ambiciones, más proyectos (no escritos), más personas, más caminos y menos espacio y tiempo para uno mismo. Eso sintió justo antes de haber encontrado la solución que quería escribir como cosa importante para tratar de recordarla y tenerla presente en su vida. Buscó la primera página en blanco de las que quedaban en el bloc, la puso en horizontal buscando maximizar el espacio y escribió dos letras mayúsculas: «NO». 

    El poder de poner límites para reencontrarnos con nosotros mismos

    A medida que sumamos exigencias, compromisos y expectativas externas, es fácil perder el espacio para lo verdaderamente importante: nuestro propio bienestar. Decir «NO» a tiempo no es una falta de generosidad, sino un acto de responsabilidad hacia nosotros mismos para dejar de aplazar lo que necesitamos.

    Si sientes que las obligaciones te sobrepasan o te cuesta poner límites en tu día a día, te ofrecemos un espacio donde reflexionar y recuperar tu equilibrio. Descubre cómo trabajamos en nuestra Terapia Individual o solicita tu cita aquí.