Cuando se iluminó la pantalla del móvil, me quité un tapón y fue ahí cuando la oí gritar. Al principio me pareció un llanto, pero me fijé bien y eran sin duda risas. Rodeé el escritorio y me acerqué a la puerta para confirmar que no debía ponerme en alerta. Risa.
Aquel día no había nadie, excepto yo, trabajando en la zona de oficinas del edificio. Desde fuera únicamente se vería la luz de mi despacho encendida. En la zona residencial tampoco debería haber nadie porque en esas fechas tienen todos los ocupantes tenían vacaciones y vuelven a casa. Así que me picó la curiosidad y decidí buscar el origen de las risas.
Abrí la puerta y empecé a andar en dirección al único sonido que se oía. Clarísimamente venía del ala del edificio donde vivían los estudiantes. Rara vez se queda alguno, nunca, de hecho. Tal vez había perdido el viaje no tenía suficiente dinero para comprar otro y había decidido divertirse por su cuenta. Me di cuenta de que yo sonreía y es que ciertamente era una risa muy contagiosa. Se lo estaba pasando en grande.
Cuando llegué al rellano de los ascensores comprobé que el sonido venía del patio central. El acceso a esa zona estaba restringido porque el jardín estaba protegido por la ley así que para llegar allí tenía que haber entrado por la única puerta que estaba en la planta baja de las oficinas. Cogí las escaleras y bajé. Para mi sorpresa, la puerta estaba cerrada. Había entrado por alguna de las habitaciones y para ello tenía que haber puesto un gran empeño en la tarea. Yo soy una de las tres o cuatro personas que están autorizadas a tener llave así que abrí.
Todavía no la veía, pero las carcajadas indicaban ahora con claridad que estaba en la zona del surtidor central del jardín. Me aproximé buscándola y hasta llegar a la altura del último seto no la pude ver porque estaba acostada en el suelo, con los pies descalzos metidos dentro de la fuente y las manos apoyadas sobre el pecho una encima de la otra. Sus botas estaban tiradas junto a ella. Me intuyó, se calló y se giró hacia mí. Nos miramos a los ojos.
No tenía ojos de diversión. Justamente lo contrario. Estaban rojos, hinchados y empapados en lágrimas que le surcaban las mejillas hasta las orejas por estar acostada. Yo para entonces debía tener ojos de desconcierto porque ella asintió con cara de que comprendía que yo no entendiera nada por haber escuchado una cosa y estar viendo la opuesta. “Así estoy. Es lo que hay”-pareció añadir.
Me acerqué, cogí sus botas y las coloqué juntas encima del banco de piedra. Me senté a su lado. Le puse una mano sobre las suyas. Sacó la mano de debajo y la puso encima de la mía. Inspiró profundamente y soltó el aire muy despacio.
Hacía frío. Tardé en darme cuenta.
Cuando el dolor se disfraza y la soledad necesita presencia
A veces nos esforzamos por sostener una coraza frente al mundo hasta que el desbordamiento emocional se vuelve inevitable. En esos instantes, no hacen falta discursos ni soluciones inmediatas; basta con encontrar un espacio seguro donde nos permitan simplemente ser y sentir sin juzgar.
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