Las piernas ligeramente separadas dejaban el hueco suficiente para extender el plano. Ya no lo miraba. Ni tampoco a la brújula a la que había tirado a un lado con desprecio. Ahora toda su atención se centraba en el entumecimiento de sus extremidades inferiores y en sus prácticamente agotadas reservas de energía. Sus brazos, echados hacia atrás, hacían las veces de respaldo. También los percibía cansados. Miró hacia atrás y la mochila seguía exactamente en el mismo lugar donde se había desprendido de ella, justo en el momento de sentarse. Modificó la postura para inclinarse sobre ella. Notó el contacto del sudor frío de la mochila en su, también empapada, espalda. Cerró los ojos.
Estaba claro que era urbanita, se dijo. Eso era definitivamente lo que sucedía que procedía y pertenecía a una urbe. Urbanita, reafirmó. Tampoco tenía nada malo serlo. En consecuencia, su genética estaba diseñada para orientarse muchísimo mejor en un ecosistema de asfalto y hormigón, donde predominan las prisas y el bullicio. Contrastaba con la soledad que sentía en ese momento y con el silencio ensordecedor que le envolvía. Disfrutó por un momento de duración infinitamente pequeña, aunque, siendo consciente de que ese placer iba en contra de su ADN, se despreció por ello. Malas decisiones -posiblemente- le habían llevado hasta aquella anomalía. Llamar a aquello reto ya de por sí era una mala elección de palabra. Por supuesto, también, haber estrenado botas para la ocasión. Demasiadas cosas elegidas por si acaso para llevar de equipaje. Con agua, comida y documentación hubiera sido suficiente. Añadió mentalmente a la lista de mínimos imprescindibles las llaves de casa como recordatorio de que sus raíces estaban ancladas en una ciudad ruidosa y apresurada. Eso era: poco tiempo para planificar con claridad. Aquel reto, aquella estupidez, había dejado de ser una pequeña prueba y ahora era, como mínimo, «algo» que requería una planificación minuciosa.
Abrió los ojos. La molestia del resplandor de un haz de sol, que se escapaba entre las hojas del árbol, le azuzó. Dobló el mapa, se estiró para recoger la brújula y los limpió con sendos soplidos. Los guardó en un bolsillo lateral de la mochila del cual acababa de sacar un teléfono móvil. Imprescindible. Era incomprensible el hecho de haber dudado. Pulsó el botón de encendido. Aprovechó la impaciente espera para cargar la mochila, sintiendo de nuevo el contacto húmedo, y para ajustarse el cinturón. Cuando se aseguró de que toda la funcionalidad del aparato estaba disponible, buscó y marcó. Emitió un suspiro que sabía a alivio con un ligero toque de vergüenza mientras esperaba respuesta.
Cuando el orgullo nos frena y pedir ayuda se convierte en el único camino
Llegar al límite de nuestras fuerzas a menudo es la única forma en la que nos permitimos reconocer que nos hemos desorientado. Aceptar que no podemos con todo a solas y hacer esa llamada de auxilio no es una señal de debilidad, sino el primer acto de responsabilidad hacia nuestro propio bienestar.
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